En un interior arquitectónico resuelto de manera un tanto burda, un iluminado Niño se sitúa en el centro de la escena sostenido por el sumo sacerdote, que, sobre una tarima circular, le sostiene en brazos una vez que María se lo ha entregado. Un personaje vestido de blanco con un cirio encendido asiste al mitrado personaje. San José y una mujer forman el cortejo de la Virgen.
Los desafortunados repintes se aprecian en esta escena más que en las otras que son hermanas de esta, de la misma serie. Principalmente afectan a los rostros de la parte izquierda (San José, que lleva una tórtola en un cuenco, y la profetisa Ana).
Acusa deficiente tratamiento de paños y de anatomía, como el resto de los lienzos de esta misma serie.
La escena se sitúa en el interior de un palacio, resuelto de manera un tanto burda marcando un punto de fuga en el eje del lienzo con un gran arco de medio punto a través del que se vislumbra el cielo del exterior.
Dentro, nueve personajes llenan el espacio, de los que se iluminan por entero la Virgen y el Niño, la faz de Gaspar y el armiño de Melchor, que se arrodilla ante la criatura que la Madre, de pie, le presenta.
Baltasar, cuya faz apenas se distingue, recorta su enorme silueta en el nubaje entrevisto en el arco descrito.
Como en el resto de la serie de la que este cuadro forma parte, se repiten caras (Melchor y San José). Los planos quedan definidos muy regularmente, amontonando figuras y el tratamiento anatómico acusa poca destreza, con escorzos mal resueltos y planitud a la hora de tratar la perspectiva.