Elementos inmateriales

Incluye un estudio de investigación sobre la antropología y su contextualización en el Patrimonio Comunitario del territorio, identificando todos los recursos del Municipio y su vinculación a la creación de productos, itinerarios culturales y turísticos.
  • Los lindes.

    En un contexto de mayor densidad del actual y con rebaños y veceras de gran número, el aprovechamiento de los montes y de los pastos resultaba fundamental. Por tal motivo, era especialmente importante el conocimiento y la señalización de los distintos límites territoriales. Esto se realizaba a base de mojones o accidentes en el terreno que fueses conocidos por todos y que servían como referencia para determinar la territorialidad. Aún así las desavenencias ocurrían de vez en cuando entre habitantes de los municipios que lindaban. También hay que señalar que en momentos de extrema gravedad, como podían ser riadas o fuegos, la solidaridad era muy grande entre los habitantes de estos municipios colindantes. Límite procede de limes y este término, a su vez, de limus, que indica algo que se encuentra atravesado, refiere a una línea divisoria, a separación física, pero también a cualquier separación inmaterial. Nuestra condición humana ha organizado el espacio teniendo en cuenta los lindes, que asumen, en función de contextos determinados, términos distintos. Así cabe referirnos a los cercos, barreras, vallas, mojones, cotos, etc. En la expresión, materialización y tratamiento de los lindes se percibe el sentido colectivo y grupal de las distintas formas de poblamiento. En el audio que adjuntamos resulta perceptible de un modo muy claro. Hay un sentimiento de comunidad en el valle entre los llamados Compludos, y este sentimiento se deja notar en el modo de actuar ante los límites. En cambio, aparece bien señalado quienes son los otros, los que se encuentran más alejados de nuestro forma de pertenencia, de nuestra identidad.
  • Prindar y pagar al tamboritero.

    El término lingüístico prindar y su sustantivo Prinda refiere a una práctica extensamente arraigada en territorios de orografía montañosa del noroeste de la península y de economía rural ganadera. El término recogido y descrito oralmente hace mención a través del verbo a una determinada facultad de retener, trasladar, en algunos casos subastar el ganado que se encuentre pastando en terrenos ajenos a la propiedad del dueño del ganado. En muchos casos, se aplicado esta regulación sobre todo en los terrenos públicos o comunales, si bien, en el testimonio que referimos, se trata de regulación de las lindes entre comunidades limítrofes. Unida a esta práctica se encuentra la prindada o prendada en otros casos, que describe el importe que a modo de multa ha de pagar el ducño del ganado prindado. El ganado prindado era transladado a los corrales de concejo en aquellos lugares en los había. En el pasado de esta práctica institucionalizada, la legitimación para llevar a cabo tal práctica permitía tanto a la autoridad pública como a los particulares llevarla a cabo. En la actualidad, en aquellos lugares donde se mantiene viva ya solamente se admite la legitimidad de la autoridad pública para el prindado.
  • La piel del cabrito.

    En el documento etnográfico se hace mención a la importancia que ha tenido en la vida tradicional la piel del cabrito, así como también la piel de los distintos animales, sobre todo de aquellos recién nacidos. La piel ha sido tratada desde tiempos ancestrales, siendo muy importantes los conocimientos necesarios para su tratamiento que permite el paso de la piel a cuero para que pueda ser usado en la elaboración de distintos elementos de vital importancia en la vida tradicional de la Tebaida Berciana. Uno de los usos más importantes de la piel del cabrito ha sido la elaboración de instrumentos musicales de gran difusión en la zona geográfica del noroeste ibérico. La conversión de la piel del recién nacido en cuero supone un amplio conocimiento técnico aplicado a las distintas fases de la elaboración que van desde el salado inicial hasta la última fase del engrasado y rascado definitivo.
  • El jornalín del padre.

    La vida en los valles de la Tebaida estaba determinada por la propiedad de los terrenos que generalmente se heredaban y se transmitían de generación en generación. Por tal motivo, los matrimonios, junto con el deseo de formar una familia, tenían también una función económica, pues permitían, a través de los hijos e hijas tener un apoyo para el duro trabajo diario. Las familias eran generalmente grandes, de seis o siete hijos la mayoría de ellas y dependía del nivel económico de la familia el poder mantener de forma suficiente a todos los hijos. En muchos casos, si la familia no disponía de tierra suficiente para sembrar o cultivar, se sufrían de carencias alimentarias, por eso, cualquier terreno era bueno para cultivar. En el audio que se adjunta aparecen algunos elementos destacados de esta dura realidad de la ruralidad tradiciona. En primer lugar, la prioridad del trabajo infantil como apoyo a la familia por delante de la formación educativa que permitía obtenerse en la escuela. Y, en segundo lugar, las diferencias sociales existentes en las distintas localidades. Algunas familiar eran más poderosas, pues habían podido acumular un mayor patrimonio y llevaban una vida más desahogada. En cambio, aquellas no tuvieran muy pocas tierras y propiedades, o muy poco ganado estaban sumidas en el círculo vicioso de la pobreza y buscaban cualquier lugar, por alejado que estuviera para poder cultivar al menos un pequeño campo de centeno. Estas familias, en muchas ocasiones contaban exclusivamente con el jornalín del padre, pero resultaba insuficiente. En el momento en el que aparecieron en la comarca, y fuera de ella nuevos empleos y nuevas formas de ganar dinero, comenzó la experiencia migratoria de una gran importancia en los valles de la Tebaida berciana.
  • El zapatero de Valdecañada.

    La posesión de zapatos en las localidades de la Tebaiada berciana no estaba al alcance de todas las familias. Durante mucho tiempo se consideró una prenda de lujo que había que cuidar al máximo y solamente usarla en determinadas ocasiones. Los pies se protegían habitualmente con alpargatas y con ellas se llevaba a cabo la mayor parte de los trabajos y faenas productivas. En el audio que adjuntamos se pone de manifiesto este valor que los zapatos han tenido y que forma parte importante de la memoria de algunos de los habitantes de San Esteban. Como objeto de gran valor que eran debían de ser reparados cuando se gastaban o rompían. Contaban para ello con los llamados zapateros de viejo o zapateros remendones, oficio que estaba presente en cada localidad y que el tiempo fue poco a poco extinguiendo. Cuando ya no había zapateros en una localidad, el trabajo se convirtió en ambulante, y así los zapateros dedicaban gran parte de su tiempo en recorrer caminos y senderos para atender las necesidades que tenían los zapatos en otros lugares. Entre sus conocimientos destacaban el manejo del cuero y la facilidad para trabajar con distintas herramientas como cuchillas de acero para cortar el cuero, martillo remendón y martillo fino, también llamado galgo, manopla, tirapié, escarificador para realizar agujeros, horma de madera, estacas, tenazas ,escofina y algunos otros. El uso de los zapatos estaba, como hemos comentado, de un modo muy restringido a determinadas circunstancias, así se comenta cómo se caminaba con alpargatas y al llegar a las calles principales de Ponferrada se ponían los zapatos para no gastarlos. Al tiempo se comenta también cómo había un día en cada localidad, en San Esteban de Valdueza era el domingo, en el que se realizaban las reparaciones del calzado por parte del zapatero de Valdecañada que quedó como referencia para las localidades de la zona.
  • Costumbres asociadas al árbol: EL TEJO.

    El tejo de San Cristóbal nació con la fundación del pueblo, a principios del milenio pasado. Varios pastores de una aldea cercana, Manzanedo, tenían sus corrales en lo que ahora es San Cristóbal. Para no alejarse mucho de los animales, se terminaron estableciendo en la zona, construyendo una ermita románica de planta rectangular a la que acompañaron plantando un tejo a su lado, como rezaba la tradición. De este modo nació el árbol de San Cristóbal, enmarcado en la creciente vida del Valle del Silencio con sus monjes eremitas, y los pastores de los montes Aquilanos. Poco ocurrió, afirmó Aurelio, hasta el año 1800, cuando la iglesia fue trasladada al centro del pueblo y se dejó al tejo junto a los restos de la primitiva ermita, que fue reconvertida como cementerio. Ya en el siglo veinte, en plena Guerra Civil, el antiguo pedáneo recordó que los miembros de la guardia civil perseguían a los republicanos por la zona, y cuando descansaban en el pueblo, practicaban el tiro disparando a las ramas del árbol. En la posguerra, algunos vecinos del pueblos cortaban ramas del tejo para venderlas, pues su madera era muy apreciada para construir castañuelas y gaitas. Aurelio comentó que un vecino consiguió dos sacos de patatas por la venta de una rama grande, pero aseguró que estas prácticas estaban completamente prohibidas y con el tiempo se dejaron de hacer. En el presente, el árbol se ha convertido en un símbolo de la comarca, y cientos de visitantes se acercan a San Cristóbal para verlo. Este parece el futuro más cercano del árbol milenario, y es de esperar, porque como dicen los habitantes del pueblo «por algo será el segundo tejo más viejo del mundo». Un árbol mágico y unido al hombre El tejo siempre se ha asociado con la muerte y la magia, por el elevado contenido de toxicidad de sus hojas verdinegras. Es un árbol solitario, más propio de otras épocas que de las actuales, bajo y longevo. Los celtas lo llamaban «Ioho», y construían los mejores arcos con su madera. Pero también llevaban hojas frescas de tejo en su zurrón para suicidarse en caso de perder una batalla ante el invasor romano, o para restregarlas contra las puntas de sus flechas para hacerlas más mortíferas. En la Edad Media surgió la costumbre de plantar tejos junto a los cementerios y las iglesias, como un recordatorio de la muerte. Tirar los tejos. Pero no solamente se tenía esta acepción. En la tradición popular española existe una expresión utilizada muy común en la actualidad que tiene sus raíces en este árbol. «Tirarle los tejos a alguien» procede de la costumbre que tenían las muchachas de las aldeas, que arrojaban semillas de tejo a sus posibles pretendientes. Los árboles se convierten de esta manera en testigos de la vida de los hombres, sus costumbres, sus culturas y anhelos. La pervivencia de este tejo milenario es una prueba de que la convivencia entre el hombre y su medio natural es posible, y esa posibilidad es la única manera de que dentro de otros dos mil años las leyendas que se desempolven tengan como testigos de su existencia real árboles como el de San Cristóbal.
  • La siembra y los chanos.

    La supervivencia de los pobladores de estos valles de la Tebaida berciana dependía en gran medida de la combinación de las prácticas ganaderas con la producción agrícola. Si bien, la interacción con el medio natural resultaba enormemente dura y arriesgada por varios motivos, tal y como se describe en el audio que adjuntamos como testimonio etnográfico. En primer lugar por las inclemencias del tiempo, puesto que se realizaba la siembra a principios del mes de septiembre coincidiendo con las fiestas de la Encina, y para la fiesta del Cristo tenía que estar ya todo sembrado, pero coincidía con la venida de grandes tormentas y grandes riadas. Y, por otro lado, la labor agrícola estaba muy condicionada por la pendiente de las laderas, lo cual hacía muy difícil el cultivo en todas sus fases, desde la siembre hasta el abonado y la recolección. Esto implicaba una enorme pericia en el uso de los animales de tracción y un gran conocimiento del terreno. En algunos casos, cuando era posible se construían artificialmente los llamados chanos, terrenos que ofrecían la posibilidad de ser aplanados para un mejor cultivo, si bien, solamente era posible en pocas ocasiones. La tendencia era a buscar los chanos naturales para el cultivo del cereal. En esta tarea, generalmente masculina, en algunas ocasiones requería toda la fuerza y la maña posible y las mujeres formaban parte también del esfuerzo colectivo.
  • Cernir el grano

    En los valles de la Tebaida berciana cuando se habla de "el pan" no solamente se refieren sus pobladores al producto ya elaborado, sino que este término describe otros muchos elementos que intervienen en el proceso. Por ejemplo, es frecuente escuchar la referencia a "la hoja del pan" para referirse a la parte del territorio que está destinado al cultivo generalmente del trigo, aunque también en algunos casos al terreno en el que se cultiva "cebada". También se utiliza el término para referirse a otra parte del proceso de elaboración del producto, como es la obtención del grano y el proceso de ceñido del mismo. Recogemos en este audio la descripción del proceso de "cernir el grano", o el proceso conocido como el cribado. En él se utilizan unos cribos o cribas especiales denominadas "piñeiras" que son instrumentos de cedazo muy tupido utilizado para cernir la harina antes de amasar y de cocer el pan y que tenía como finalidad dejar pasar solamente la parte de más fina del grano y desechar la parte más gruesa que era destinada para la alimentación del ganado.
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